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La Biblia revela que Dios desea impartirse dentro del hombre para tener Su plena expresión. Este plan, esta economía divina, se presenta inicialmente en Génesis y es develada progresivamente a lo largo del Antiguo y el Nuevo Testamento. Su máxima consumación es la Nueva Jerusalén al final del libro de Apocalipsis. El deseo que Dios tiene de unirse al hombre para Su expresión es lo que llena las páginas de la Biblia de principio a fin.
En La economía divina, Witness Lee traza el fluir de la economía de Dios, desde la creación del hombre en Génesis hasta la consumación de dicha economía en Apocalipsis. Como un río que fluye sin interrupción alguna, la economía divina no sólo incluye la creación del hombre como un vaso para contener a Dios, sino también los pasos principales que Cristo tomó —encarnación, crucifixión y resurrección— al llevar a cabo la economía divina. Por medio de la fe en Cristo, la redención es aplicada al hombre y el Espíritu es suministrado en el hombre como ríos de agua viva. En la economía divina, la rica experiencia y el disfrute práctico y diario de Dios es la porción común de cada creyente. El primer paso que un creyente da para entrar en un disfrute viviente de Dios mismo consiste en ver el plan eterno de Dios, según se presenta en La economía divina.
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